La tecnología y el pensamiento crítico, esenciales para combatir la desinformación y las ‘fake news’ | Formación | Economía

La diseminación de noticias falsas, o fake news, no es un fenómeno nuevo ni característico de la revolución digital, aunque resulte innegable que el desarrollo de las nuevas tecnologías ha facilitado su expansión y magnificado su alcance. Política, salud, ciencia, historia… No hay campo que pueda mantenerse al margen. El fondo es siempre el mismo: una publicación falsa o engañosa que se presenta con una apariencia de veracidad, pero que contiene información errónea, manipulada o inventada con el propósito de generar un estado de confusión, influir en la opinión pública e incluso conseguir que se tomen decisiones basándose en informaciones equivocadas o visiones distorsionadas. Pero ¿hasta dónde llega su impacto? ¿Qué riesgo suponen y cómo se pueden combatir?

“El problema surge con internet: aunque ha permitido mejoras exponenciales en el acceso a la información, la necesidad de estar conectados constantemente o de comprobar en la red cualquier dato, por nimio que sea, ha propiciado que las fake news sean algo cotidiano”, afirma Juan Luis Moreno, director de innovación en The Valley. Su facilidad para compartir contenido, especialmente en las redes sociales, hizo que se convirtiera rápidamente en un caldo de cultivo idóneo que favorece la rápida difusión de bulos, como confirman las estadísticas: el 40 % de la población española, y hasta un 70 % de la población mundial, ha estado expuesta a este tipo de noticias en el último año, según diversas encuestas y estudios. Y es que, “al contener elementos verdaderos, las noticias parecen aún más creíbles, es más complicado distinguirlas de la auténtica información y se siguen compartiendo igual”, añade Moreno.

La solución, indican los expertos, pasa por combatir las informaciones falsas utilizando esas mismas herramientas que facilitan su propagación: “Las nuevas tecnologías constituyen un medio extremadamente poderoso para difundir no solo ideas serias, sino cualquier idea, banalidad o falsedad. Por eso, debemos usarlas para poder decirle a la sociedad, por ejemplo: “No, lo que dice este señor que afirma ser médico no es cierto, porque hay otros 85.000 que dicen todo lo contrario”, explica Domènec Estriu, director de la Agencia Estatal de Investigación (AEI). Este organismo ha dedicado 6,3 millones de euros (parte de ellos, fondos europeos NextGeneration) a la financiación de 57 proyectos de investigación sobre mecanismos para combatir la desinformación.

Proyectos para luchar contra las ‘fake news’

Para Espriu, frenar la desinformación sin caer en la tentación de la censura preventiva es, más que simplemente necesario, casi una obligación de los poderes públicos. “Aunque algunas de estas informaciones son inofensivas (como, por ejemplo, decir que la tierra es plana), cuando nos metemos en asuntos de salud (movimientos antivacunas, terapias alternativas) o de política las consecuencias son evidentes”. “Combatir la mentira en el ámbito científico, social o político solo se puede hacer con las mismas herramientas [que ellos usan], pero impulsadas por personas, organizaciones o webs que tengan un marchamo de veracidad y de confianza”.

¿Somos tan fáciles de manipular? El fenómeno, claro, no es propio de la sociedad española, sino que se extiende por todas partes, y parte del hecho de que el uso que hacemos de las redes sociales se alinea con nuestras creencias personales y políticas, de manera que cada uno sigue a aquellas personas con las que sintoniza más y que le dicen cosas que reafirman sus opiniones de entrada. “Nuestros cerebros están programados para ser gregarios, y ser gregarios en las ideas y el seguimiento de opinión. En el fondo, a todos nos gusta no sentirnos solos, no ya social o familiarmente, sino también ideológicamente. Así que nos rodeamos “de los nuestros”, reflexiona Espriu.

Las noticias falsas y la desinformación se difunden con facilidad en las redes sociales.Arkadiusz Warguła (Getty Images)

Entre el más de medio centenar de proyectos impulsados por la AEI, se encuentran iniciativas centradas en el control del lenguaje ofensivo en las redes sociales, la verificación de información, la alfabetización publicitaria de los menores o la discriminación hacia los colectivos vulnerables a través de la difusión de bulos, por citar solo unos pocos. “Hay que proveer a la sociedad con información veraz y estimular su pensamiento crítico. Pero también actuar cuando se produce una crisis social a consecuencia de esa desinformación: determinadas opciones políticas, por ejemplo, han hecho correr noticias falsas sobre los mena [menores extranjeros no acompañados], y también hay que ver cómo convencemos a la sociedad de que no es verdad que los inmigrantes tengan más ayudas sociales que los del país. Pero si haces una encuesta aleatoria por la calle, verás que muchos siguen creyéndolo”, explica el director de la AEI.

Verificar la información

De las manos de RTVE y la Universidad Autónoma de Barcelona surge, por ejemplo, el proyecto IVERES, una plataforma en lengua española que permitirá a los periodistas verificar la información de contenidos, gracias a distintas tecnologías de inteligencia artificial. El sistema que se desarrolle comprenderá, por un lado, una interfaz de usuario que, de forma intuitiva y funcional, recoja las preguntas de quien quiera verificar una información para después devolver un informe razonado que le permita tomar decisiones. Tras año y medio de trabajo, muchas de sus futuras funcionalidades ya están operativas.

Junto a los profesionales de RTVE trabajan investigadores de cuatro universidades, además de la Universidad Autónoma de Barcelona, que codirige el proyecto. Así, “la Carlos III se está centrando en los temas de monitorización, archivado y verificación de información textual en redes sociales; la Politécnica de Cataluña se ocupa de las tareas relacionadas con la verificación de contenidos audiovisuales y la Universidad de Granada trabaja en el deep fake de audio”, cuenta Pere Vila, director de Estrategia Tecnológica de la Corporación RTVE.

Otro de los proyectos financiados por la Agencia Estatal de Investigación es el que, junto con la Universidad de Salamanca, analiza el impacto que los bulos tienen sobre los derechos y libertades de las personas en colectivos vulnerables (inmigrantes, ciudadanos LGTBI+, mujeres, aquellos en situación de pobreza…). “Los artífices de estas campañas difuminan falsedades en un sentido y en su contrario, pues más que en informar están interesados en el efecto polarizador del rédito electoral de determinadas opciones políticas”, señalan desde la agencia. Unos procesos en los que, señalan, se van creando identidades colectivas intencionadamente estigmatizadas”.

En la Universidad de Vigo, por otra parte, trabajan en el diseño de una plataforma que permita la comprobación y verificación instantánea, por parte de cualquier ciudadano, de las afirmaciones hechas por ciudadanos políticos durante la celebración de debates electorales (gracias a la tecnología Blockchain). Y en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) se desarrolla un proyecto que analiza la alfabetización publicitaria de los menores (de 10 a 14 años), analizando su capacidad para enfrentarse a la publicidad que reciben a través del móvil.

Precisamente son los jóvenes los que, junto a los mayores, más expuestos están a la desinformación, “especialmente los nativos digitales como la Generación Z o los Millenials, por su mayor presencia en las plataformas digitales y las redes sociales, y que tienden a no informarse por medios tradicionales. Y, por otro lado, las personas más mayores, que poseen menores competencias digitales y pueden tener más dificultad para distinguir el contenido real del falso”, recuerda Moreno.

Perfiles profesionales con más futuro

Ahora bien, ¿qué formación se necesita para trabajar en esta batalla contra las fake news? Para el CIO de The Valley, los profesionales del marketing digital y aquellos especializados en el análisis de datos figuran entre los llamados a ser más relevantes en esta lucha, “ya que su experiencia en comunicación y estrategias de difusión pueden contribuir significativamente a contrarrestar la propagación de información falsa (…). Están capacitados para detectar contenido falso, evaluar la credibilidad de las fuentes y crear estrategias de comunicación que promuevan la información veraz”, esgrime Moreno.

La formación universitaria en campos como la comunicación, el periodismo, las relaciones públicas y la tecnología de la información pueden proporcionar una base sólida, mientras que la realización de un máster en Marketing Digital que aporte formación en verificación de hechos, ética digital y análisis de datos puede resultar de gran utilidad a la hora de afrontar estos desafíos.

Los especialistas en data, por su parte, tienen la capacidad de recopilar, analizar e interpretar grandes cantidades de datos, lo que les ayuda a identificar patrones, tendencias y anomalías en la difusión de información falsa. “Su formación universitaria en campos como la Ciencia de Datos, Estadística o Ingeniería Informática, junto con una profunda comprensión de las técnicas de análisis y aprendizaje automático, les brinda herramientas para desarrollar modelos que detecten contenido engañoso”, afirma Moreno, “sin olvidar formación en ética digital y comunicación”.

¿Se puede enseñar a combatir la desinformación?

En este esfuerzo general por combatir la desinformación no se puede dejar de lado el papel crucial de la educación, especialmente entre los más jóvenes: adquirir habilidades de pensamiento crítico y evaluación de fuentes, aprender a hacer un uso responsable de las redes sociales y comprender cómo se diseminan las fake news constituyen un punto de partida que se antoja fundamental que “podría integrarse como una asignatura más en las escuelas, ofrecerse en programas mediáticos de educación y ser promovido por plataformas digitales y redes sociales”, termina Moreno.

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